NADA MUERE CONTRA LOS ARRECIFES DEL ALMA

16 octubre 2006

LA SALIDA DEL JUEVES




Era última hora. Esos momentos en los que caminando por los pasillos del instituto se siente todavía la presencia de las corredizas de los alumnos, de los gritos y del trasiego de las mochilas. La última aula aún tenía la puerta abierta. Me acerqué para cerrarla. Soy nuevo en este instituto. Una profesora, sentada en el sillón negro, acodada sobre la mesa sostenía con sus manos la cabeza gacha. Entré. Una pizarra cruzada por pentagramas evidenciaron mi presencia en el aula de música. A simple vista era lo único diferente a todas las demás clases. Eso y un aparato destartalado que hace las veces de reproductor de discos compactos, unos ochos xilófonos para veinte niños, alguna que otra pandereta y un pianillo eléctrico de pilas recargables. Era evidente que aquello era el aula de música porque, además, había una foto de Mozart en la pared, así que le evité una absurda respuesta. ¡Hola!, le susurré con simpatía. Ella levantó la cabeza y me miró como quien despierta de un estadio de consternación e incredulidad. Aquí andamos, fue su respuesta. Me acerqué a la vitrina de los xilófonos y no me dejó tiempo para preguntar. Es para fomentar el compañerismo, me dijo, así aprenden a compartir. ¿Ese es el equipo de música?, pregunté. Sí, distorsiona, pero se les educa en la humildad y en el valor de las cosas. ¿También tocáis el piano? Sí, pero solo piezas que no utilicen el do de la tercera octava porque cuando la aprietas se dispara la música de “Carros de fuego”. No será de la de “mi carro me lo robaron”-apunté. Pues será esa, me contestó. Me sorprendió que no hubiera flautas dulces, un hermoso y completo instrumento al que decenas de generaciones le hemos dedicado horas y horas de clase, que se verán reconocidas, digo yo, cuando en este país empiecen a emerger cientos de ilustres instrumentistas de la flauta gracias al esmero y la dedicación conque el Departament de Educació obsequia a la enseñanza pública. ¿Y dónde están las flautas?, le pregunté mientras abandonaba la clase. No está, me respondió. Bartolo tiene paperas y no ha venido.

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