NADA MUERE CONTRA LOS ARRECIFES DEL ALMA

14 noviembre 2006

LA CÁMARA

El primer día estuve a punto de hacerla explotar contra la pared de una de las habitaciones de mi humilde casa. Había leído las instrucciones en todos los idiomas que conocía y llegué a odiarme por no haber tenido la sensata, y por otro lado, extraña, lucidez de haber aprendido árabe, chino o japonés. Alcancé ese estado en el que desconfías de tu capacidad para poner una pila y acabas comprovando si realmente los polos que indican su envoltorio coinciden con el magnetismo de la tierra. La luz que entraba por la ventana se fue debilitando como un atardecer. Me fui a dormir. Bajo el embozo de la sábana me venían a la memoria todos aquellos instantes que no volvería a vivir y de los que ya no me quedaba nada, tan solo unas imágenes en la memoria que se irían desmigajando como el papel húmedo y con el tiempo serían del olvido. Todo lo que había vivido aquella tarde se empezaba a escapar ya como un pañuelo de sueño. La oscuridad me pudo. Al día siguiente, mi empecinado talante ascendió hasta los cielos y volví a tomar imágenes del mundo. Tuve que esperar unas horas sentado en un banco de la plaza, en un banco de un banco, en un banco de un bar. Cuando llegué a casa, sentí una extraña duda y las coloqué en el carro para que se proyectaran en la pantalla. Iban pasando una a una y todas eran transparentes. "La tenía que haber explotado contra la pared aquel día porque, más tarde lo supe, tenía entre mis manos un artefacto diabólico". Acudí a leer nuevamente las instrucciones pero mientras lo hacía algo me hizo volver a ver aquellas transparencias. Asombrado, descubrí que cada una de ellas era diferente, que me decía cosas diferentes que tenían que ver con lo inasible. Me sentía huérfano del pensamiento y sentía entender un nuevo lenguaje. Salí corriendo hacia la sala sosteniéndo con cariñode bebé aquella máquina. Lo fotografiaba todo. Miraba las proyecciones en la habitación y aprendía, aprendía, aprendía. Y así fue como descubrí que cada día escribiría menos. Estas que ahora lees son mis últimas palabras porque justo en este momento acabo de terminar de aprender un lenguaje que traicionamos al nombrarlo y que llamamos silencio.

5 comentarios:

paco dijo...

Me parece bien

Anónimo dijo...

guapoo!!

h dijo...

A todos creo que nos da esa impotencia a la hora de no saber construir algo o de no poder con algo. Cuando lo coseguimos nos alegramos creemos que podemos con todo, y cuando no lo conseguimos nos sentimos perdidos como un pájaro herido tirado en medio del bosque. De tan menudo que es, nadie le puede ver y echarle una mano. Si tiene la suerte de curarse, volverá a volar y sentir el viento en sus alas y si tiene la desgracia de morir, morirá con el grito de su silencio.

Los cuadernos del mendigo dijo...

Bueno h, qué bien que el escrito te sugiera esas palabras. Espero que ese pajaro sienta de nuevo el aire en sus alas, aun así, siempre queda ese grito en el silencio de todos, más allá de la muerte, persiste el canto.

Los cuadernos del mendigo dijo...

Bueno h, qué bien que el escrito te sugiera esas palabras. Espero que ese pajaro sienta de nuevo el aire en sus alas, aun así, siempre queda ese grito en el silencio de todos, más allá de la muerte, persiste el canto.