NADA MUERE CONTRA LOS ARRECIFES DEL ALMA

09 marzo 2007

UNA CLASE DE LITERATURA



Hoy tocaba la Generación del 27. Reposé la chaqueta sobre el sillón negro mientras ellos hurgaban en sus apretadas mochilas y, uno a uno, los libros de texto fueron golpeando sobre las mesas verdes.
- ¿Qué página, profe?-preguntaban voces que emergían del tumulto.
- ¿Qué página? – repetí mirando, con frialdad de témpano, el libro sobre la fórmica verde de la mesa.
La que esté en blanco, pensaba para mí.
Hacerles entender la página en blanco es el primer paso para entender la poesía. Es más, para entender que no hay nada que entender. Que para nacer al poema hay que desvestirse, hay que desprenderse de la ecuación
matemática que hago desaparecer del encerado con un borrador asfixiado por la tiza. Hay que robarle el nombre al sentimiento. En mi infantil imaginación se me ocurre uno de esos disparates que hacen maravilloso el oficio de profesor; pienso que sería bueno quizá recostar la mejilla sobre la mesa y contemplar la altura de las letras: las montañas de la literatura. La geografía de un hermoso cuento sin lugar lejano.
Las colinas de un poema albergan barcos naufragados que hablan de mar adentro. Los ríos del poema son blancos como pasillos de silencio que forman intrincados deltas de palabras calladas. No se puede sentir sin detenerse.
Sacudo el yeso de mis manos y les miro, aguardan, esperan que empiece a hablar. He debido entretenerme demasiado.
Les hablo de la poesía, de ellos mismos. Intento llevarme en vuelo sosegado la clase hacia otro mundo, allí donde las almas afrentan desnudarse. Unos se duermen en el viaje, en la alcoba de mi voz. Otros me miran como quien se descubre. Yo lloro una lágrima escondida y sonrío entre las ruinas de mis palabras. Pasan unos segundos sin que nadie rompa el silencio. Suena el timbre y solo despierta aquel que fue vencido por el inevitable aburrimiento. Los demás miran fijamente un fantástico mundo de palabras en el aire.
Recojo los libros esparcidos sobre la mesa que una vez más no fueron más que escaparate.
–Hasta mañana- me despido.
–Mañana es sábado, profe -alguien dice con una sonrisa.
Bien sé que les he dejado una página sin fecha, una página en blanco, con la esperanza de que algún día, no muy lejano, puedan entenderla, seguramente, como yo nunca supe.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Aún es tiempo, todavía.

Hasta que se fundan los hombres, o los mares.

Construiremos diques con palabras que son botones de poemas.

Para otra cosa no sirven...

Pepe

PACO dijo...

Gracias amigo, Pepe. Supongo que te imaginas la alegría que me da sentirte en estos cuadernos. Es enorme. Yo estoy contigo y espero estar a tu lado en el empeño. Aún es tiempo, todavía.

Paco