NADA MUERE CONTRA LOS ARRECIFES DEL ALMA

01 octubre 2007

LAS ESTRELLAS


Los bares no habían cerrado todavía. Era esa hora en la que el estruendo oxidado de las persianas anuncia el tránsito a una ciudad abandonada. Barcelona es desolación y las últimas almas desterradas arrojan vómitos en las esquinas, orinan en la niebla de las calles y ven pasar por sus ojos vidas fugaces porque en Barcelona no hay estrellas. El agua de las mangueras amarillas, irrompibles al paso de los taxis, dejan ríos que arrastran a su paso la ignominia para que no la vean los niños que acudirán al día siguiente a la escuela. Cientos de peregrinos del mundo acuden al santuario de la mediocridad para dejar su mediocridad en el diseño de una copa de cristal reluciente, en una silla sin patas y en un jergón de liendres. Los poetas se reúnen cada jueves en tertulias donde la poesía está siempre ausente. En la falda de las estatuas se masturban las mujeres insatisfechas y los hombres que conquistan su personalidad a tatuajes acarician sus cuerpos con caricias de arcilla seca. Decenas de viejos supervivientes, de viejas sin otra cárcel que la incomprensión de su propio camino hablan a la nada desde una lata de atún a medio consumir, robada de los desechos de los restaurantes que inventan aliños para la escarcha. No es cierto que mañana vaya a amanecer irremediablemente.

1 comentario:

inter dijo...

Barcelona es un estruendo de mediocridad, a esa hora, en ese lugar, tras tus ojos. Y luego, mañana, de nuevo, el trajín de la vida.