Vengo a consolarme,
hoy, que conocí el trazo de los truenos,
la espesura del tiempo y su retrato,
que mendigo locuras y en armarios
guardo la ropa limpia para el lunes.
Precisamente hoy, que arde la ira,
fúnebre ciempiés de horas muertas,
incansable tormenta de suicidios,
que desde un alto estante me desplomo
como un libro querido por las ratas.
Nada resuelve el crimen si en mi espalda
se hospeda una serpiente de cal y espanto
en este anochecer que aun se contempla,
cuando cierran mercados y amanece
un estruendo de danzas en pensiones.
Pende de una espadaña de humo
una palpitación inalcanzable
a mis manos guardadas de la niebla,
y la ira arranca lágrimas y lágrimas
de mis ojos y traslada las sillas.
Amaré lo perdido, poco importa
la razón de los cuerpos si desnudos
laten como una ausencia inolvidable;
porque eso de la vida recojo
y sólo eso a la vida le ofrezco.
3 comentarios:
Bestial...
Un beso, Paco.
Volveré a leerlo, pero casi me da miedo interpretarlo del todo.
Rotundo, Paco, e impresionante, como esa ira, "fúnebre ciempiés de horas muertas".
Amigo, la emoción de tu poesía me cala hondo siempre, me sacude, y me gusta.
Un grandísimo abrazo.
Gracias a las dos, siempre tan generosas conmigo.
Paco
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