NADA MUERE CONTRA LOS ARRECIFES DEL ALMA

02 marzo 2012

LLEGADO EL DIA

En este turbio instante en que no sé
si el sueño está vencido o son mis manos
madera que se agrieta en la buhardilla.
Es todo inalcanzable, tan distante
y tan oscuro que oigo un soliloquio
antiguo como si errase a mi lado.

Se anuncia que ha llegado el día
de morir para siempre el verso,
de dejarlo en la sombra de la forja
y sentirlo latir sin despertarlo.
Nadie responde, nada escucha, nadie
entiende la honda calma que desprende
resina generosa de los pinos.
Todo huye y nadie espera, nada sufre
mi flaqueza y un silencio de horas muertas
parece surgir vivo de la tierra.
No hay desmayo, no ocurre nada, nadie
pasa por estos campos que hallan frágil
mi mirada y mis labios. Nada vuelve.
Nada sorprende al árbol centenario,
ni a la presa del ave. Nadie muere,
ni habita sepulturas en el aire.
La tierra acoge al débil en su barro.
Nada nace. Ni un tiempo de desidia,
ni dolor que de pena se descarne.
Son mis manos sin pulso el aposento
de una frente entregada al olvido.
Y yo contemplo el suelo,
y cruza mi mirada abatida
el lento movimiento de la sombra
de una espadaña huérfana y desnuda.
Ya todo se conforma inalcanzable,
transparencia del aire sin posada
y viento que detenta algún latido,
quizá el del universo, ¿acaso importa
ahora que castigo la mirada
apretada en la yema de los dedos?.
No, no puede ser cierto que me moje
la lluvia que alimenta la derrota,
que este soplo de viento que estremece
nazca débil de las páginas de un libro.
Nadie se hiere más que el verso,
y nada tan anónimo palpita
y muere indemne,
sufriéndose a sí mismo y olvidado.

Nunca pensé que fuese la palabra
madera de ataúd y testamento
donde vine a morir para siempre,
fiebre en un terraplén de oscuridades,
soledad de rellano de escalera.
Como otoño que llega a las hayedas
lo esperaban mis manos,
al final conjuradas con la niebla,
transidas al final por el pasado.
Bien sé que volverá la tierra seca
de la hoja a mi garganta,
como tornará al fruto
y el amante imposible a la poesía.
Cuando ya nada importa,
ni siquiera el diluvio de las horas...
donde los dedos tiemblan y no sienten el agua,
o la contemplan irse en instantes sin fecha,
sin condena ni indulto,
seguiré en este sueño que me trae
huellas de un vagabundo por su reino,
y de espaldas al tiempo y a la memoria,
descenderé, si puedo, descalzo entre las rocas.

20 febrero 2012


Deja pasar, no las horas,
sino los pasos, el viento,
no los días, las auroras,
la mirada que detiene
por un instante tan solo;
jalea de la luz,
de la densa tiniebla que se esparce como el humo
y en aire despereza el tesoro del mendigo.
¡Qué vayan a su pensión,
a su habitación pasajera,
para una vida solo!

19 diciembre 2011

NUEVOS DILUVIOS

Diluvio de naufragios,
de vientres como arquetas de grano
trillado por odios en la era.
Diluvia calaveras de las mieses
en los terrenos arrasados
por la quema y la lentitud;
Diluvia muchedumbres desquiciadas,
en las horas del sueño,
en el alma de la sombra de un arca
varada a la orilla de la tragedia.

Diluvio de sequías y tormentas
que arramblan de la tierra vanidades
y amansan esperanzas del haya.
Diluvia sueños desgranados
como esquelas de un río
en los tristes guijarros de la ausencia.
Diluvia sin más grito que la cárcel
de una aldaba en el cuello de la tarde.

Y yo en este aposento de cristiano,
en este incendio de escaleras
mientras urgen afuera las palabras.

24 noviembre 2011

PARA NO VOLVER

Para no volver, para cegar los ojos
de un atardecer en las cumbres
donde la luz entorna el canto.
Para salir de casa en la mañana
que espera claridad y en el encierro
de los pasos envejecer de lluvias.
Para llorar por muertes y por vidas,
por las horas yermas en los atrios
solitarios de asiento sin amigos.
Para no volver a la casa herida,
a un cuenco de sequía en la alacena
donde guardan los hombres su tristeza.
Para zurcir palabras de este llanto
que viene a visitarme sin esquela
y trae los pies vendados de caminos.
Para no volver he nacido humano,
han resuelto mi destino las estrellas,
y he vivido tanto amor a tu lado.

18 noviembre 2011

Qué sino el vestido es tu herida,
el instante en que nace la palabra,
los pasos que te llevan al trabajo
desvaídos cual hoja de rosal enfermo.
No es calavera pura desenterrada
sino visillo que oculta motores,
engranaje de droga y dolor
un beso negado por la huída.
¿Qué libro me ofreces para mi muerte?
¿Qué canción de simiente tiene sueños?
Qué sino este hablarnos nos hiere,
no entender el viaje sin silencio,
sufrir paragüas de equipaje,
y anotar en la agenda cada tarde.
Qué sino este desvarío de amarnos.