LLEGADO EL DIA
En este turbio instante en que no sé
si el sueño está vencido o son mis manos
madera que se agrieta en la buhardilla.
Es todo inalcanzable, tan distante
y tan oscuro que oigo un soliloquio
antiguo como si errase a mi lado.
Se anuncia que ha llegado el día
de morir para siempre el verso,
de dejarlo en la sombra de la forja
y sentirlo latir sin despertarlo.
Nadie responde, nada escucha, nadie
entiende la honda calma que desprende
resina generosa de los pinos.
Todo huye y nadie espera, nada sufre
mi flaqueza y un silencio de horas muertas
parece surgir vivo de la tierra.
No hay desmayo, no ocurre nada, nadie
pasa por estos campos que hallan frágil
mi mirada y mis labios. Nada vuelve.
Nada sorprende al árbol centenario,
ni a la presa del ave. Nadie muere,
ni habita sepulturas en el aire.
La tierra acoge al débil en su barro.
Nada nace. Ni un tiempo de desidia,
ni dolor que de pena se descarne.
Son mis manos sin pulso el aposento
de una frente entregada al olvido.
Y yo contemplo el suelo,
y cruza mi mirada abatida
el lento movimiento de la sombra
de una espadaña huérfana y desnuda.
Ya todo se conforma inalcanzable,
transparencia del aire sin posada
y viento que detenta algún latido,
quizá el del universo, ¿acaso importa
ahora que castigo la mirada
apretada en la yema de los dedos?.
No, no puede ser cierto que me moje
la lluvia que alimenta la derrota,
que este soplo de viento que estremece
nazca débil de las páginas de un libro.
Nadie se hiere más que el verso,
y nada tan anónimo palpita
y muere indemne,
sufriéndose a sí mismo y olvidado.
Nunca pensé que fuese la palabra
madera de ataúd y testamento
donde vine a morir para siempre,
fiebre en un terraplén de oscuridades,
soledad de rellano de escalera.
Como otoño que llega a las hayedas
lo esperaban mis manos,
al final conjuradas con la niebla,
transidas al final por el pasado.
Bien sé que volverá la tierra seca
de la hoja a mi garganta,
como tornará al fruto
y el amante imposible a la poesía.
Cuando ya nada importa,
ni siquiera el diluvio de las horas...
donde los dedos tiemblan y no sienten el agua,
o la contemplan irse en instantes sin fecha,
sin condena ni indulto,
seguiré en este sueño que me trae
huellas de un vagabundo por su reino,
y de espaldas al tiempo y a la memoria,
descenderé, si puedo, descalzo entre las rocas.